"Su texto está más cercano al cuento que a la crónica, la cual
introduce los diálogos en el entrelineado de su descripción; falta también una
cronología de los hechos. Se toma en cuenta la creatividad con que narra su
texto.
CALIFICACIÓN 9 (NUEVE)"
(Ignacio Trejo Fuentes, Instructor del módulo de Crónica del Diplomado en Creación literaria, UV-UAM).
La anécdota es real pero no reuní lo necesario para volverla cuento; resultó un híbrido que no me desagrada tanto. Los detalles son sal y pimienta.
La anécdota es real pero no reuní lo necesario para volverla cuento; resultó un híbrido que no me desagrada tanto. Los detalles son sal y pimienta.
En el reloj de pulsera de Fermín faltaban
ocho minutos para que fueran las tres de la tarde; era uno de esos sábados
calurosos de abril en la ciudad de Orizaba, Veracruz. Apenas alcanzó a doblar la esquina de Oriente 3 hacia Norte 6 cuando escuchó la voz festiva de César a su
espalda.
–¡Qué onda, Fer! ¿Tomo agua o qué?
Un “¡Jajajá!” fue la respuesta de Fermín
desde la acera. Y agregó:
–Pues todavía estamos a tiempo para la
hora del amigo, ¿no?
–Entonces… nomás deja ver dónde
estaciono mi “reuma”.
Eran aquellos gloriosos días en que no
existían los parquímetros.
Total que quedaron de reunirse en el bar
Kuixin, por ser el más cercano y menos ruidoso de los del centro. Fermín aprovechó
los minutos intermedios para hacer una llamada en uno de los teléfonos del
parquecito de Cri-cri.
Un par de ingleses no habrían podido ser más
puntuales que estos dos amigos que, por una de esas casualidades de la vida, terminaron
siendo tres. En el trayecto César se había encontrado con Santitos y, después
del habitual saludo, le espetó la típica
frase
“¿Tomo agua o qué?”, con la que lo había convencido de refrescarse la garganta
junto con ellos.
–¿Qué van a tomar? –inquirió la mesera,
apenas vio que sus potenciales clientes ocupaban una de las mesas junto a la
pared.
–Cerveza –respondió en tono de broma César,
con la discreta complacencia de los otros dos.
–Sí, pero ¡¿de cuáles?!
–No se enoje –concilió Fermín–. Le puede
hacer daño. A mí tráigame una Victoria bien fría.
César coincidió en gusto con Fermín y Santitos
se pidió una Corona. Iban a la mitad de esa primera cerveza cuando la mujer que
los atendía les trajo el caldo correspondiente. Los que han entrado en ese
sitio sabrán que hay una botana diferente por cada día de la semana y, para
evitar malos entendidos, hasta las tienen apuntadas en la pared. (El difunto
“Cuchillo”, que sabía latín, me ilustró alguna vez con que lo que dan en los
bares no son botanas pues éstas deberían ser exclusivamente de vegetales. En
fin.)
A las tres con quince minutos, más o
menos, Santitos pidió la segunda chichiktzin,
como se acostumbra decirle en náhuatl a la cerveza, por su sabor. Mas, luego
que acabó de ordenarla se golpeó la frente con la palma de la mano y se le
salió un infrecuente “¡Chiiingao!”.
–¿Y ahora qué, Santitos? –preguntó
Fermín.
–Se me olvidó ir a la papelería para lo
que me encargó mi hijo.
–Pero ahorita vas y lo compras, ¿no?
Lo cierto es que los sábados casi todos
los establecimientos de la Pluviosilla cierran a las dos o, por muy tarde, a
las tres, por tanto la imagen del desencanto en la cara de Santitos estaba más
que justificada.
–Tranquilo –terció César–. ¿Ya qué
puedes hacer?
–Pues nada, realmente. Tendré que
regresar el lunes a comprar.
–Pero… eso no quita la sed, Santitos
–remató César.
Y después de una carcajada bastante
estruendosa, los tres cofrades hicieron chocar sus botellas y exclamaron
“¡Salud!”. Festejar las ocurrencias de César era algo habitual e inevitable. La única que no compartía esa alegría era la empleada que, llegada
de nuevo al borde de la mesa, botó ante estos escandalosos parroquianos sendos
platitos de plástico con dos empanadas de papa. El exceso de grasa de las
fritangas no fue de importancia para ellos que no tenían empacho en mostrar el
abultado abdomen característico de una vida sedentaria.
A la mitad de la tercera cerveza
Santitos y César se quedaron mirando con extrañeza a Fermín que, después de
haber dado un sorbo a su bebida, fijó la mirada en la etiqueta de la botella y
sonrió para sí. Sin levantar la vista, y adivinando las preguntas que sus
compañeros tenían para él, explicó que el lunes próximo debía entregar unas
enciclopedias que le habían encargado en una escuela de la sierra. El día
anterior había hecho el pedido a la editorial y prometió depositar el dinero,
sin falta, el sábado por la mañana.
–Y qué. ¡Se te olvidó! –adivinó
Santitos.
–Sí, canijo.
–¿Ya no llegas al banco?
–No. Voy a tener que hacer el depósito
el lunes y recibir el material hasta el martes. Pero ya quedé mal con los
maestros de aquella escuela.
–Mira. Lo importante es que estamos bien
–intervino César–. Ya el lunes resolverás cualquier asunto pendiente.
Fermín, como dije antes, sonreía resignado,
pero la sonoridad de las carcajadas volvió a inundar las paredes del pequeño
bar cuando César esgrimió su “Eso no quita la sed”.
La alegre convivencia siguió su curso,
entre comentarios sobre el estado del tiempo, el muy probable fin de la inmortalidad
del cangrejo, el costo de la vida, la portada del número actual de la revista
TVyNovelas, la chica más guapa del barrio, la importancia de la geometría no
euclidiana y demás. Las risas, no faltaron, como tampoco las cervezas ni más
botanas ni la cara furibunda de la mesera. Mucho menos podía faltar el festejo
por la frase del día creada esa tarde.
El calor y la ansiedad que ésta conlleva
habían disminuido un poco, lo que hizo a Fermín echar una mirada a su reloj. Fue en
ese momento que entró en el bar un joven bolero; se detuvo medio metro delante
del marco de la puerta y preguntó a los clientes:
–¿Es de alguno de ustedes un vochito blanco con placas de Puebla, que
estaba aquí a la vuelta?
Después de una pausa agregó:
–Se lo acaba de llevar la grúa.
“¡No mamen!” fue la expresión de César
en el momento de levantarse de su silla y encaminarse a toda prisa hacia la
salida. Se regresó a la mitad de la estancia para poner un billete de cincuenta
pesos sobre la mesa.
–Voy a la delegación por mi carro –dijo
con un tono serio –. Luego nos vemos.
A punto de salir fue detenido por la voz
de Fermín:
–¡César! Pero que no se te olvide.
Con el cuerpo a medias entre la puerta
escuchó la frase a coro:
–¡Eso no quita la sed!
La mesera, junto a la rockola, no pudo
contenerse y se unió a las carcajadas de Santitos y Fermín. César salió por
completo intentando azotar la puerta, lo cual no consiguió ya que las puertas
de algunos bares, como la del “Kuixin”, se abren y se cierran al estilo de un
abanico.
Todavía Santitos dijo a Fermín con toda
la picardía de que era capaz:
–Creo que eso le dio más sed.
Osman López Tlehuactle
Osman López Tlehuactle